Literatura: opio y toxicomanía

Como Demócrito, da mayor crédito al ingenio que a la pobre arte y excluye del Helicón a los poetas sensatos (Horacio, Arte Poética)

La historia de la literatura está plagada de historias malsanas, de embestidas contra la razón. Pensemos en pasiones como el amor encubierto, que termina derribando el muro de enemistad interpuesto entre los Montesco y los Capuleto; o el sexo procurado maquiavélicamente por criados codiciosos, pasión que termina arrancándose las vidas de Celestina y sus compinches, de la bella Melibea y de Calisto, al que no le quedó nada por intentar para llevársela al

opio

Absinthe Drinker by the painter Viktor oliva

huerto. Extendamos la vista a los enfermos mentales con que se honra la literatura, los cuales no encajan en absoluto en el armónico conjunto de la sociedad, tales como Peter Pan, don Quijote, Alicia, el pederasta Humbert Humbert o la propia figura de Leopoldo María Panero, poeta que estuvo ingresado en un psiquiátrico de las Palmas de Gran Canaria y que murió hace un par de años. Y luego están, en efecto, esas sustancias que alteran la sensibilidad y las facultades psíquicas, embarcándose quien las prueba en un experimento donde el observador y el espécimen se funden en uno solo, sustancias mediante las cuales podemos evadir una realidad que nunca termina de agradarnos. Las drogas, sí; una palabra que bien podría escandalizar o sacar una sonrisa incluso, susceptible de convertirse en metáfora en todo momento.

No son pocos los casos de escritores que han recurrido al alcohol y a los narcóticos en una búsqueda y exploración de los recovecos del subconsciente, o simplemente para hallar consuelo, cegando la visión crítica y penetrante que arrastran a diario como un fardo. El siglo XIX es el siglo borracho de enciclopedismo (arrastra las Luces de la Ilustración a lo largo de un campo fastuoso y amplio como el Palacio de Versalles), de rigor, de un afán insaciable por explicar y clasificar todo, por avanzar hacia el punto más álgido en la historia de la humanidad, considerada un proceso ascendente; pero por desgracia este fervor, esta amalgama de sentimientos unida a los nacionalismos voraces, está abocada al enfriamiento, a un congelamiento paralelo al de las tropas napoleónicas en territorio ruso. Fracasó la ciencia en abordar los enigmas vitales, incapaz de servir de brújula al espíritu en su viaje de la vida a la muerte, reduciendo más y más el marco de sus aspiraciones; antes bien, las monstruosidades científicas, desde la manipulación genética a la fecundación in vitro o los vientres en alquiler, han puesto patas arriba toda nuestra ética. Ni siquiera nos hemos librado de los fantasmas de esas primeras fábricas de la Revolución Industrial cuya maquinaria mutiló brazos de obreros sin seguridad social. Los peores presagios de Robert Louis Stevenson y Mary Shelley se cumplieron.

Tras los rastros del dandismo, uno puede reparar en los porqués del desdén hacia todo lo natural, del desengaño que conlleva haberse confiado al optimismo romántico. Ante todo, la ficción mana del inconsciente como agua turbia mas potable. En ese vislumbre de imágenes que jalonan la obra maestra, el intelecto todavía permanece agazapado y dormido. Para dar cauce a la imaginación, a la fantasía y al genio, el artista tratará por todos los medios de vender su alma al diablo. Los surrealistas, el polo opuesto a la ciencia y el positivismo, venerarán la sangre coagulada en la pluma del Conde de Lautréamont, un asiduo de los fumaderos de opio y de las casas de citas, devoto de Satán que falleció a mi edad, apenas veinticuatro años. (A propósito, una obra de lectura obligada es Nadja de André Breton). ¿Cómo fue posible que una civilización ordenancista derivara en técnicas tan descabelladas como la escritura automática? Aprehenderlo implicaría retrotraerse a los albores del mundo clásico.

Los orígenes

Los poetas de la Grecia Arcaica hechizaban el espíritu de sus oyentes; de ahí que estos lloraran, se enfurecieran o se sintieran atónitos a cada ráfaga verbal. Durante el canto el poeta ejercía un dominio absoluto sobre el tema tratado. Con todo, al término de esa especie de hipnosis, se veía incapaz de dar una explicación precisa a lo que le preguntaban sobre lo cantado. Acudían entonces a los intérpretes. Sócrates atribuye este fenómeno a una posesión de lo divino, como un don innato e independiente del saber, de la ciencia. En fin, ese trance se corresponde a lo que hoy llamamos inspiración. A todas luces se entiende que ese catedrático con barba, culto y visiblemente corpulento, que peina canas y al que se le crispa la cara en las conferencias, no valga para escribir una sola línea del Tristam Shandy, por decir algún libro genial. Porque a aquellos individuos que están en su sano juicio y no habitados por el “demon” (un ente a caballo entre la eternidad y la mortalidad según Platón en El banquete), a aquellos negados de la gracia para expulsar sonidos por la boca enloquecida, se les ha vedado la entrada al Parnaso, hogar de las nueve musas, de donde se ha desterrado el olvido (lêthê), resplandeciendo la verdad o la alêtheia.

El Spleen

¡Sombría y límpida entrevista

de un corazón hecho su espejo!

De Verdad claro y negro pozo

donde lívido un astro tiembla,

un faro irónico, diabólico

tea de gracias infernales,

único alivio, única gloria

—¡la conciencia dentro del Mal!—

(“Lo irremediable”)

Charles Baudelaire pone sobre aviso de que en el mundo moderno la razón de ser del poeta radica en la lucidez de bucear en el mal y el dolor. Sentimos el Tiempo implacable avanzando hacia nosotros y al otro lado nos espera la Muerte. Ni siquiera la belleza nos salva, así que la inutilidad de toda obra nos obliga a aferrarnos a algún ideal, por más inalcanzable que sea. Con desesperación, la poesía se vuelve una vía para purgar los pecados que de otra manera permanecerían enredados en lo más profundo del alma, una actividad a la que uno se ve condenado, no valiendo para la vida del hombre práctico, del funcionario autómata y vulgar que con su cinismo emborrona la inmaculada estampa del Verbo. Tampoco sería justo decir que Baudelaire era holgazán, pues llegó a declarar en una de sus cartas que en sus mejores momentos dedicaba al trabajo doce horas diarias de un tirón. Tantos años podando con celo Las flores del mal no permitieron una vasta obra (lo cual es de agradecer, pues lo más potente y esencial de Los poemas en prosa está plasmado en aquel libro, sin duda un producto destilado de sus obsesiones más arraigadas, en absoluto merecedor de un juicio y una censura imperdonable a “Lesbos” entre otros, del que habremos siempre de evocar entre sacudidas:

opio

Henri Viollet-le vice d’Asie

Et c’est depuis ce temps que Lesbos se lamente/ Et, malgré les honneurs que lui rend l’univers,/S’enivre chaque nuit du cri de la tourmente/. Los paraísos artificiales tienen la exactitud de una prosa limpia y sin florituras. El rey de malditos va directamente al grano en un ejercicio de expresión nítida con pulso de cirujano. La parte del libro dedicada al hachís se puede considerar una monografía, asimismo fundada en la experiencia, donde se exponen sin pudor detalles para el más curioso con un talento literario que nada tiene que envidiar a los clásicos. Erraríamos en nuestro juicio al pensar que Los paraísos artificiales son una apología, una alabanza a las drogas y al desenfreno, cuando lo que se realza sobre todo es la crueldad de los efectos de lo que en principio parecía el mismísimo Edén, y que en realidad no es más que un infierno donde la voluntad sucumbe y el ser humano exhibe todo tipo de debilidades y de disfunciones sin vuelta de hoja, persistiendo el sinsabor a cambio de unas pocas horas de éxtasis.

Habíamos dicho que hubo periodos en que Baudelaire dio el callo, pluma en mano, tanto o más que un ferrallista. A propósito de estas arduas tareas que ocupaban gran parte de su día, entre ellas estaba la traducción de la obra completa de Edgar Allan Poe. Solo la parálisis en un brazo a causa de la sífilis pudo frenarle. A pesar de que finalmente tuvo que desistir de traducir un gran número de poemas y de cuentos (más tarde se encargaría William Hughes), las letras francesas le deben muchísimo el conocimiento y la influencia del autor de El cuervo, tan menospreciado entonces por los cretinos de su nación. Quizá los vincule la opiomanía y la extravagancia en lo que se refiere a raciocinios, ensueños y elucubraciones. Nada más descubrirlo, Baudelaire declara a un amigo suyo por carta su afinidad con el genio de Baltimore como si hubiera hallado un tesoro en esa región tan remota; incluso le definirá como su alma gemela. En 1835, un año fecundo, Poe padecía la fiebre del creador. Empieza a escribir para la revista Southern Literary Messenger. Tenemos testimonios de que el opio supuso un gran estímulo para él, dando pie a muchos de sus cuentos fantásticos. Cabe mencionar Berenice. La obsesión o “monomanía” del narrador por la dentadura de la difunta Berenice lo lleva a profanar su tumba. Poe va creando ese clima denso que a gritos pide la historia, hasta al fin impresionarnos con ese desenlace escalofriante. El susodicho consumo se produjo en forma de láudano, de manera que sería una atrocidad no mencionar aquí a De Quincey, a quien no le faltó el coraje de publicar sus excelentes biografías en medio de una Inglaterra puritana e hipócrita, para la cual cualquier hecho por mínimo que fuera podía haber significado un escándalo. Confesions of an English opium eater y Suspiria de profundis, la continuación de la primera, no dejarán indiferentes a ningún lector y aun me atrevo a decir que el lirismo de algunos pasajes impresionará a más de uno; y como también habla de su infancia, habrá incluso quien se conmueva. Como veis, este locuaz hombre, que además llegó a anciano con una salud de hierro, no se deja nada en el tintero. Nos despedimos con un extracto que a lo mejor os va a subyugar más que la discografía de Bob Marley tumbados en una hamaca de la playa por la tarde noche; abramos bien las fosas nasales y aspiremos el aroma. Pero sin pasarnos:

¡Oh justo sutil y poderoso opio! Tú que en el corazón del pobre, como en el del rico, para las heridas que nunca cicatrizan y para las angustias que incitan el alma a la rebeldía, pones un bálsamo reparador; elocuente opio, tú, que por medio de tu retórica potente desarmas las resoluciones del furor y en sólo una noche devuelves al hombre culpable las esperanzas de su juventud y sus antiguas manos limpias de sangre; ¡oh, tú, que das al hombre orgulloso el pasajero olvido de las injurias no devueltas, de los insultos sin vengar! Tú construyes en el seno de las tinieblas, con los materiales imaginarios del cerebro, y con arte más profundo que el de Fidias y Praxiteles, ciudades y templos que sobrepasan los esplendores de Babilonia y Hecantompylos, y entre el caos de un sueños lleno de fantasías, evocas y llamas a la luz del sol, los rostros de bellezas hace tiempo amortajadas y las fisonomías familiares y benditas, limpias de los ultrajes de la tumba. ¡Sólo tú das al hombre estos beneficios y posees las llaves del paraíso, justo, sutil y poderoso opio!

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