La laguna de los indignados

¡Ay, indignados, indignados! ¡Cuántas lagunas veo por ahí! La indignación es mejor guardársela para las manifestaciones, o bien canalizarla yendo de misionero a algún punto al azar del globo. El activismo y la corrección política inmiscuyéndose en la literatura de ficción, aun siendo extremos que se tocan en ocasiones, casan tanto como el agua y el aceite. Meter las narices donde a uno no le llaman por el bien de la sociedad (¿a qué comunidad o sector de la misma nos referimos?) deriva en rinorrea, en epistaxis o en algo peor.
Recuerdo una vez un comentario que hizo una compañera acerca de Hemingway en un club de lectura. El cuento en cuestión era La breve vida feliz de Francis Macomber, una auténtica pieza de arte donde las haya. La postura que adoptó para denigrarla se basaba en un ad hominem: se refería a Hemingway como un machista de costumbres rancias, amante de la caza, de la pesca, de la tauromaquia y del boxeo, como si sus aficiones fuesen actos delictivos, en vez de señalar los aciertos y las imperfecciones de su escritura; y tras haberlo hecho blanco de su ira, concluyó que la historia no le podía haber gustado de ninguna de las maneras. Respeto que el relato de esa semana no le llegara a interesar, pero de ahí a tolerar que pisoteara a ciegas su valor estético hay un trecho. Tristemente, esa actitud excluyente e iconoclasta coloca a esta serie de lectores en el otro bando de los fanáticos, alimentando recíprocamente las fobiaslagunas de los más intransigentes en un juego de claroscuros.
Quienesquiera que rechacen de plano el sublime erotismo de Lolita de Nabokov, en un ademán de repulsión a los pensamientos pedófilos de algunos personajes, cometen un craso error. He tenido que escuchar diatribas en boca de compañeras universitarias que ni siquiera han querido darle una sola oportunidad por ese componente antimoral. Esta suerte de prejuicios, y más viniendo de un filólogo, se ha de dejar aparcada, como el coche si quieres dar un apacible paseo por el campo; como cuando olvidamos el alcoholismo de Ruben Darío y cuán canalla fue como hombre, para poder volar llevado de su mano a través de los Cantos de vida y esperanza. Porque el arte es aquello que todo lo perdona y lo trasciende, a vista de pájaro, allende las opiniones que manchan la memoria que determina la esencia  de la poesía (“La rosa es sin porqué”), el arte, generador de empatía frente a las miserias humanas, en fin lo durable; se parece a aquella parte del sueño de la cual no se quiere despertar por nada del mundo, so pena de anegarse en una terrible pesadilla.
Omitir la violencia, el sexo, lo patológico, opacar el colorido ideológico y la oscuridad que mana de los entresijos de la mente humana, simplificaría toda actividad artística hasta reducirla a una especie de Beverly Hills, donde nunca ocurre nada interesante y sus habitantes son inmensamente felices. ¿Quién podría habitar un limbo fumigado de matices y limpio de entrañas de res, esparcidas otrora a lo largo del matadero?  No en vano la definición de catarsis que da Aristóteles en su poética se aproxima a lo que hoy conocemos como una terapia: una purga de los sentimientos, al aterrarnos y compadecernos de las desgracias de un ser a semejanza de los de carne y hueso. Cuando Edipo se arranca los ojos a la luz de la verdad, bañado en las negras aguas de su destino, estamos aprendiendo una lección vital. Gracias al arte, hemos sido capaces de comprender las profundas y angustiosas razones de un asesino, embelesados por las visiones de Juan Pablo Castel en El túnel, quien mata María Iribarne, la única “persona que podría entenderme”, entre cuyas confesiones impactantes hallamos: “lamento no haber aprovechado mejor el tiempo de mi libertad, liquidando a seis o siete tipos que conozco”. Es terrible, pero cierto, el ponerse en el pellejo de un alma abrasada por un anhelo de comunión, si bien al fin solo le espera la incomunicación y una desesperanza tan desoladora, que termina desgarrando la tela de sus cuadros. Por el contrario: por culpa de ciertos traductores, los cuadros espontáneos de carácter sexual que nos pinta Catulo han sido en ocasiones filtrados al español con un comedimiento más bien propio de puritanos -otra forma de censura. A este paso, hacemos monaguillo hasta al adúltero más activo del pueblo.
Apelo al sentido común en nombre de la libertad y la independencia, como no podría ser de otra forma para con el tema que nos ocupa. ¿De verdad queremos que los representantes del porvenir marquen y tachen las líneas más vívidas y estimulantes de nuestros clásicos? ¿Vamos a permitir otro corsé más en la cintura de nuestra bella y díscola literatura? ¿Os parece correcto que desde un aula universitaria se tilde a Quevedo de misógino, sin analizar un mísero verso de sus espléndidos sonetos? Nuestro silencio, nuestra voluntaria indefensión, resulta un hecho: contribuimos a la corrosión de algo tan amado. ¿Aguantaríamos otro periodo de la historia en tinieblas? No ya el nuestro, ¿qué mundo enmarañado y feo pretendemos dejarle a nuestros nietos y bisnietos (hablando a largo plazo para ser optimista)? Ahora más que nunca hay que crear conciencia. Solo así dejarán de mezclarse las churras con las merinas.  Todo esto y más en el debate decisivo Arte versus ética, bajo el patrocinio y la dirección del pueblo, o sea nosotros.

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