La fe mueve montañas, y encarcela criminales

Believe me, the sane and enduring democracy is founded on the fact that all men are equally idiotic. Créame, la democracia sana y verdadera se basa en el hecho de que todos los hombres son idiotas.

La novela criminal tiene su séquito, un público sediento de intriga, de suspense, de persecuciones, de sangre, de sombras en un callejón que te sorprenden y que más tarde habrán de rendir cuentas. Y quien conozca a Poe por sus cuentos de terror, es posible que también haya leído Los crímenes de la calle Morgue, El misterio de Marie Rogêt y La carta robada deslumbrado por los destellos de lucidez del detective Auguste Dupin. A partir de este parto literario hace cerca de dos siglos, las características del género, con más o menos hemorragia, se respetan y se saben mejor que el padrenuestro, esto es, un detective ajeno al brazo de la ley que, con sus increíbles dotes de observación y de deducción, se zampa él solito como un campeón todos los casos que le echen. Espera, ¿cómo que solo? Tendrá que tener un amigo, el colega de turno que se deje arrastrar, acompañando a nuestro galán a la fiesta en aras de que este destaque frente a las bellezas del ambigú. Entonces, el lector se siente tan poco hábil como el segundón de la fiesta, teniendo que conformarse con escuchar y aprender. Que no es poco. Por lo menos asiste y se deleita.

Si tuviéramos que quedarnos con un paradigma, con un detective por antonomasia que siguiera rentando a las productoras, sin duda ese sería Sherlock Holmes; bien por su vigencia en el imaginario colectivo, bien por la indiscutible calidad literaria de los trazos. Claro que la criatura de Conan Doyle ha cobrado vida propia, en cierto modo como Frankestein, con lo cual es algo que al autor se le escapa de las manos. Nadie duda del talento de Conan Doyle, y cualquiera está enterado de las resonancias que ha tenido el ejercicio de su pluma. Por tanto, no vale la pena explayarme en la consabida cantaleta. Quisiera hablar en cambio del Padre Brown, un clérigo que nos rompe los esquemas; cada vez que interviene parece ir un movimiento o dos por delante del resto. Su creador, G. K. Chesterton, sufrió una evolución espiritual: de agnóstico pasó a ser anglicano, y después se convirtió al cristianismo. Algo similar y curioso le sucedió a C.S. Lewis, autor de Las crónicas de Narnia: abrazó el cristianismo tras haber leído El hombre eterno, una apología centrada en la figura de Cristo que pretende rebatir ciertos argumentos del evolucionismo y colocar a la humanidad en un estrato superior al de los animales. Borges dice en uno de sus ensayos que «las piezas de la Saga del Padre Brown» proponen un enigma cuyas explicaciones iniciales son de «tipo demoníaco o mágico» pero que finalmente son sustituidas por unas terrenales, donde sí alcanza la lógica; imaginemos una habitación a oscuras de cuyas formas nos espantamos nada más entrar, pero en la que una vez iluminada reconocemos con alivio todos los objetos. Basta leer a Chesterton para intuir su obsesión por los hechos inexplicables; era un hombre al que le apasionaba el ocultismo, el único que decía creer en el diablo durante las sesiones de espiritismo en las que participó. Además Borges apunta que Chesterton, al igual que otros grandes escritores, ha sido discriminado por sus creencias, especialmente por los librepensadores. «Su caso es parecido al de Kipling, a quien siempre lo juzgan en función del Imperio Británico». Luego hay otros que con el tiempo obrando en justicia, le rinden su merecido tributo. Así, Iron Maiden incluye un poema de Chesterton en la canción Revelations, o se intercalan extractos de El hombre que fue jueves en el videojuego Deus Ex.

¿Por qué nos deja descolocados el Padre Brown de Chesterton? ¿Qué nos fascina exactamente de su figura o de su comportamiento? La fe católica, claramente la antagonista del arma que usa el detective tradicional: la
G.K. Chesterton razón
. Por ejemplo, en Pisadas extrañas, nuestro cura, aduciendo que es secreto de confesión, se niega a revelar la identidad del ladrón a las víctimas del robo: unos ricachones insufribles. El duelo del doctor Hirsch contiene un discurrir de conjeturas, de explicaciones racionales, hasta que el padre Brown alude de pronto a la Santísima Trinidad: «Mientras se trató simplemente del cajón derecho en lugar del izquierdo y de la tinta roja en lugar de la negra, pensé que podría tratarse de la errata de un falsificador, como usted dice. Pero el tres es un número místico, un número que remata las cosas». Y más adelante saca a colación el Juicio Final en otro de sus razonamientos. Este ingrediente religioso da mucho juego al relato, y más cuando se suma a la aventura un compañero de caracteres dispares. Flambeu sería el colega en zaga a pesar de contar con más bazas, y no se queda atrás en cuanto a destrezas; el segundón no es tan segundón de hecho: ex ladrón de guante blanco, el que antes fuera un excelentísimo criminal se dedica ahora a investigar crímenes. Menudo dúo. En El problema insoluble tenemos el siguiente diálogo:

—Estoy pensando —dijo Flambeau —por qué colgarían a un hombre por el cuello hasta provocarle la muerte, para más tarde tomarse la modestia de atravesarlo con una espada.

—Y yo estaba pensando —añadió el padre Brown— por qué matarían a un hombre atravesándole el corazón con una espada para después tomarse la modestia de colgarlo por el pescuezo.

—¡Oh! M está usted llevando la contraria —protestó su amigo—. Con un solo vistazo puedo afirmar que no lo apuñalaron en vida; el cadáver habría sangrado más y la herida no se hubiera cerrado así.

—Con un solo vistazo puedo afirmar —dijo el padre Brown[…] —que no lo colgaron vivo. Si observa usted el nudo del lazo corredizo verá que está atado de modo tan burdo que impide que una vuelta de la cuerda aprisione el cuello; es evidente que no podía ahogarlo de ninguna manera. Estaba muerto antes de que le pusieran la cuerda al cuello, y lo estaba también antes de clavarle la espada. Entonces, ¿cómo se cometió realmente el crimen?

Considero a G.K. Chesterton un moralista de una sensibilidad innata, capaz de percibir las contradicciones de su sociedad como uno de los mejores satíricos de su tiempo. Utiliza la novela criminal, el género donde quizá más visibles sean las desigualdades sociales, los desaciertos de las pasiones y la imperceptible y difusa línea que separa el bien del mal, para trascenderla. Y lo que más me atrae: no solo pone entre rejas a los villanos, sino que encima ridiculiza a los imbéciles. Supo retratar, entre historia e historia, a los cínicos, a los modernos, a los egoístas, a los hipócritas, a los desdichados, a los desesperados, a los fanfarrones, a los dóciles, a los mediocres y, cómo no, a los ingenuos que aún depositaban (y depositan) sus esperanzas en el hombre del porvenir, sea cual sea su credo y su circunstancia.

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